Quien acoja a uno de estos niños a mí me acoge

Domingo 25 del Tiempo Ordinario. Ciclo B (Marcos 9,30 -37)

¡Qué palabra tan impresionante e interpeladora  de Jesús en estos tiempos en que, por mínima sensibilidad humana que se tenga, duelen en el alma las imágenes de tantos niños deambulando perdidos y sin cuidados por caminos de rechazo y de muerte! Cuando aún no se ha borrado de nuestra mente aquella terrible foto del niño kurdo de tres años Aylan Kurdi, ahogado en una playa de Turquía, nos ha golpeado la imagen de ese  bebé afgano de pocos meses colgado de un avión en Kabul. Y entre nosotros, ese “tráfico” inhumano de menores marroquís en Ceuta, de un lado a otro de la frontera…

Evidentemente, con toda legitimidad podemos leer esta frase de Jesús de otro modo: “Quien rechaza a uno de estos niños… a mí me rechaza” ¡Y tantas veces somos los que nos tenemos por seguidores de Jesús los que le rechazamos a Él al rechazar a los pequeños de Dios!

Dice el evangelio que Jesús en Cafarnaún “llamó a un niño” (36). Un niño cualquiera, un niño de la calle, uno de esos niños que en más de una ocasión los discípulos quisieron mandar a paseo porque molestaban y se ganaron por ello una reprimenda de Jesús. Borremos de la imaginación esos niños de estampa: rubitos, guapitos, limpios y bien peinados…; el niño que Jesús coloca “en medio de ellos” (36), a la vista de todos, en el sitio principal, como punto de referencia y con el que se identifica es un niño de la calle, un niño cualquiera, un “mocoso” en el sentido que damos normalmente a esa palabra.

El niño no es sólo el que tiene pocos años. La palabra niño, en el evangelio y en la vida, tiene otras muchas connotaciones. El niño es la personificación de la vulnerabilidad, de la impotencia, de la dependencia… Es el que en la lógica mundana que veíamos el domingo pasado (“pensar como los hombres”) no cuenta para nada, no sirve para nada, sólo aporta necesidades, sólo genera gasto… y, encima, no vota. Y si es de familia marginal, pobre o  desestructurada es víctima inocente condenada él  mismo, muchas veces, a la pobreza o la marginación.

Pero, nuevamente, una vez más, el discurso de Jesús y del evangelio (“pensar como Dios”) es radicalmente opuesto: “a mí me acoge” (37). Esos pequeños son los más importantes para Dios. El más grande entre los discípulos es el que más acoge, cuida  y sirve a los pequeños de Dios. El amor a los pequeños es el amor que más nos identifica con Jesús porque es el amor más desinteresado y gratuito.

En el amor a los pequeños se experimenta una gracia extraordinaria, una de esas gracias que cambian la vida: que en la cercanía a los que apenas hablan, se escuchan palabras de Dios que entran para siempre en el corazón y cambian nuestro modo de entender el evangelio y de situarnos en la vida.

Dario Mollá SJ

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