Al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo

Domingo dieciséis del tiempo ordinario (Mt 13,24-43)

Tener las cosas muy claras, saber quién es quién, quienes son los de dentro y los de fuera, acotar muy bien los territorios geográficos e ideológicos, tener criterios claros y distintos para distinguir los justos de los pecadores… es sencillamente antievangélico. Jesús nos dirá bien claro que no nos toca a nosotros separar trigo y cizaña porque nos vamos a equivocar.

¿Qué nos pasa que, desde siempre, a pesar de la claridad del evangelio, estamos tentados de arrancar la cizaña? Da la impresión de que “desde la fundación del mundo” necesitamos afirmarnos negando al otro, al distinto, al desigual, al extraño, al extranjero… Somos tan vulnerables y miedosos que convivir con lo distinto nos desestabiliza y hay que planear el eliminarlo. Sólo en la medida que percibimos que “trigo” y “cizaña” pasan por el corazón de cada uno no nos vamos a precipitar en agarrar la hoz y comenzar a segar.

Cuando las criaturas nos hemos endiosado, enmascarando nuestros miedos, y nos hemos convertido en segadores sólo hemos generado terror, sufrimiento y muerte. Nosotros no somos los segadores, los segadores son los ángeles de Dios. ¡Cuánto sufrimiento evitaríamos si nos dijéramos con seriedad que nosotros no somos los segadores!

Cuando decimos que sólo al final los ángeles de Dios, repito que no nosotros, segaran, parece que estamos alimentando el todo vale, la indefensión ante la injusticia, la corrupción y la maldad. Que no seamos los segadores no quiere decir que no nos toque discernir por donde germina el trigo y por dónde la cizaña tanto en nuestro corazón como en todos los ámbitos de realidad en los que nos movemos. Es evidente que no es lo mismo un ámbito que otro. Lo que nos dice Jesús es que la última palabra no la tenemos nosotros, que no somos tan clarividentes para conocer todos los recovecos del corazón humano.

Saber vivir a la escucha del Espíritu del Viviente, eso es discernir, nos lleva por caminos de vida y no de muerte y de destrucción. ¿Por qué tantos odios, tanta bilis y tanto veneno en nuestra Iglesia y en la sociedad contra el que no piensa o percibe la realidad como yo la percibo? Esto no es del Espíritu del Señor que es manso y humilde de corazón. Sinceramente creo que nos hace falta un cambio de mirada. El Reino tiene que ver con la levadura y el grano de mostaza y no con la lógica del mundo. El Reino tiene que ver con la sencillez de lo pequeño y no con la necesidad enfermiza de seguridad, reconocimiento y dominio.

Detrás de esa necesidad de separar, de excluir, de eliminar, de arrasar, de segar que se vierte en insultos, mofas, desautorizaciones, violencias verbales y no tan verbales lo que hay es una profunda inseguridad existencial. Toda la vida de seguimiento del Señor Jesús es un continuo ir arraigándola en él. Arraigar la vida en el Compasivo, “venid a mi… y encontraréis vuestro descanso”, es saber en dónde voy encontrando mis raíces como criatura. Cuando voy descubriendo mi vida abrazada por una Ternura Incondicional, ya no necesito agarrar la hoz y generar sufrimiento, ya no necesito afirmarme a costa de nadie. Entonces nos sentimos invitados a caminar por la vida sabiendo que la ultima palabra la tienen sus ángeles, y que la tengan sus ángeles quiere decir, en una de las grades tradiciones místicas judías, que los ángeles velan por nosotros delante del rostro del Padre Celestial (Mt 18,10).

Toni Catalá SJ

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