EVANGELIO Según Juan 20, 19-23
Domingo Solemnidad de Pentecostés – Ciclo A
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
COMENTARIO
Celebramos este domingo una de las grandes solemnidades del año litúrgico: el día de Pentecostés. Se renueva en nosotros el gran don del Resucitado a su Iglesia: el don del Espíritu Santo. Jesús deja a su comunidad su mismo Espíritu. Gracias a Él podemos vivir como Jesús y llevar adelante la misión que Jesús nos encomendó.
Vivir bajo la acción del Espíritu es lo que nos hace personas “espirituales”, estar en el mundo, sin ser del mundo (Juan, 17, 15-16). No se trata de “escaparnos” del mundo, ni de inhibirnos de lo que sucede en el mundo, ni de refugiarnos en pequeños mundos a nuestra medida. Se trata de vivir en este mundo movidos por el Espíritu de Jesús.
Quiero en el comentario de hoy destacar tres aspectos de la acción del Espíritu en nosotros.
“El Espíritu Santo… os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14, 26): Estamos toda la vida aprendiendo, continuamente la vida nos plantea preguntas y desafíos para los que no tenemos respuesta… También tendemos a “olvidar”, en olvidos a veces bastante selectivos (olvidamos lo que no nos interesa, lo que nos cuestiona…) El Espíritu enseña y recuerda. A ese escuchar al Espíritu llamamos “discernimiento”: poner nuestra vida a la luz del Espíritu que enseña y recuerda.
“Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2ª Corintios, 3, 17): El buen espíritu es el espíritu de libertad, el mal espíritu dice San Ignacio que nos aprisiona con “redes y cadenas”. ¿Cuáles son esas “redes y cadenas” que nos quitan la libertad? Nuestra obsesión por la buena imagen y por quedar bien, nuestra dependencia de las opiniones ajenas, el “desorden” de algunos de nuestros afectos, nuestras adicciones y dependencias, nuestros miedos… Hoy es un buen día para reflexionar sobre ello y pedir al Espíritu de Jesús el don y la fuerza de la libertad.
“Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí” (Gálatas 5, 22-23): tenemos aquí un precioso listado de los frutos que da el vivir dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús. El conjunto de todos ellos marca un estilo, un modo de ir por la vida, un modo de situarnos… Vale la pena hacer un examen y un contraste entre esas actitudes y nuestras actitudes en la vida cotidiana… y a la luz de ese contraste pedir aquello que más podamos necesitar.
