Sálvate a ti mismo

Domingo 34º Tiempo Ordinario – Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo C (Lucas 23, 35 – 43)

Por tres veces aparece esta frase dirigida a Jesús Crucificado en el evangelio de este domingo. Los sujetos que la pronuncian son diversos: los magistrados de Israel, los soldados de Roma, uno de los malhechores crucificados junto a Jesús. Tres sujetos, tres sensibilidades y una misma tentación. La última tentación de Jesús: “sálvate a ti mismo”. No es difícil imaginar la fuerza de esa tentación en alguien que está sufriendo el tormento de la cruz.

Ésta fue, en el fondo, la gran tentación de Cristo a lo largo de toda su vida: abandonar el camino señalado por el Padre: un mesianismo de entrega por un mesianismo humano, triunfal. Jesús experimentó esa tentación ya al comienzo de su vida pública: “Te daré el poder y la gloria” (Lc 4,6) le dice el diablo en el desierto. “Lejos de ti tal cosa” le dice Pedro cuando Jesús anuncia su pasión y resurrección, palabras en las que Jesús ve una tentación de Satanás: “¡Ponte detrás de mí, Satanás!” (Mt 16, 23).

Esa misma es también nuestra tentación en el seguimiento de Jesús, la tentación de las tentaciones, formulada y concretada de mil maneras. “Búscate a ti mismo”, “sé tú el centro de ti mismo”, “no te compliques tanto la vida”, “¿para qué sirve tanto esfuerzo si nadie te lo va a reconocer y agradecer?”, “no seas tan radical o exagerado”, “fíjate en la gente que se toma las cosas más tranquilamente… y les va mejor”, “ya has hecho bastante”, “tienes derecho a parar”, etc, etc, etc … y similares. En el fondo, “bájate de la cruz”. Seguir a Jesús, sí… hasta cierto punto. Hacemos nuestras las palabras de Antonio Machado: “No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar”.

La grandeza de Jesús, que celebra hoy la Iglesia en esta solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, es la grandeza de su entrega hasta el final. Celebramos precisamente que Jesús no cayó en esa tentación, que no quiso bajar de la cruz. Por fidelidad a la misión que le había encomendado el Padre y por amor a nosotros los hombres. Si hubiera bajado de la cruz todo el sentido de su vida se hubiera perdido.

Ese no bajar de la cruz fue también la afirmación de la máxima libertad. Porque la máxima libertad es la libertad de entregarse: “Por eso me ama el Padre porque yo entrego mi vida… Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente” (Juan 10, 17-18).

La llamada a entregarnos con y como Jesús es también la llamada a ser libres con y como Jesús. La máxima y suprema libertad.

Darío Mollá SJ

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