EVANGELIO Según Mateo 27, 32-50
Domingo de Ramos – Ciclo A
A la salida encontraron un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a cargar con la cruz. Llegaron a un lugar llamado Gólgota, es decir, Lugar de la Calavera, y le dieron a beber vino mezclado con hiel. Él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron a suertes sus vestidos y se sentaron allí custodiándolo. Encima de la cabeza pusieron un letrero con la causa de la condena: Éste es Jesús, rey de los judíos. Con él estaban crucificados dos asaltantes, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo insultaban moviendo la cabeza y diciendo:
—El que derriba el templo y lo reconstruye en tres días que se salve; si es Hijo de Dios, que baje de la cruz. A su vez, los sumos sacerdotes con los letrados y senadores se burlaban diciendo: —Salvó a otros, y no puede salvarse a sí mismo. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Se ha fiado en Dios: que lo libre ahora si es que lo ama. Pues ha dicho que es Hijo de Dios. También los asaltantes crucificados con él lo insultaban. A partir de mediodía se oscureció todo el territorio hasta media tarde. A media tarde Jesús gritó con voz potente:
—Elí, Elí, lema sabactani, o sea: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los presentes, al oírlo, comentaban:
—A Elías llama éste. Enseguida uno de ellos corrió, tomó una esponja empapada en vinagre y con una caña le dio a beber. Los demás dijeron:
—Espera, a ver si viene Elías a salvarlo. Jesús, lanzando un nuevo grito, expiró.
COMENTARIO
El domingo de Ramos se lee como evangelio de la Eucaristía la Pasión de Jesús según el evangelista que corresponde al ciclo litúrgico de ese año. Este año, por tanto, la Pasión según San Mateo. Prefiero en este breve comentario centrarme sólo en un versículo que abordar todo el relato. He escogido para ello una expresión que se repite por dos veces, una en boca de los que pasan por el Calvario insultando a Jesús y la otra protagonizada por los sumos sacerdotes, letrados y senadores: “que baje de la cruz”. Es la última tentación de Cristo: bájate de la cruz y demuestra así que eres el Mesías que a nosotros nos gustaría.
Jesús no bajó de la cruz y con su entrega hasta el final nos salvó. Jesús fue fiel hasta el final a la voluntad del Padre y así nos salvó. Ya lo había dicho al comienzo de su vida pública tanto en el Bautismo como en las tentaciones en el desierto: “Conviene que cumplamos toda justicia” (3, 15), “el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios” (4, 4). Es lo que aceptó en la agonía de Getsemaní: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (26, 39). Y la voluntad de Dios es que Jesús nos salvara por su amor hasta el extremo, por la entrega de su vida.
¿Es esa también nuestra tentación radical: “bájate de la cruz”? De muchas formas y por muchas personas, incluso por personas que nos quieren, somos invitados también a “bajar de la cruz”: piensa más en ti mismo, no te compliques la vida, no hay para tanto, mira lo que hacen otros, no seas ingenuo… ¿Tenemos nosotros la tentación de seguir a Jesús “hasta cierto punto”, pero sin llegar a subir con Él al Calvario?…
Pero hay una pregunta de fondo que no podemos obviar: ¿es posible amar, y amar al modo de Jesús, sin subir a la cruz y sin permanecer en ella? Amar supone renunciar a uno mismo como centro de la propia vida; amar supone hacer nuestro el dolor y el sufrimiento de mucha gente; amar pide abrir tus brazos, aunque te claven las manos y lavar los pies, aunque te duelan las rodillas al inclinarte…
Sin embargo, y éste es el núcleo del evangelio, este amar que muchas veces tiene que subir al Calvario, es camino de la vida en plenitud para quien ama y hace posible que quienes se sienten de este modo amados abran sus corazones a la esperanza en medio de la oscuridad.
