EVANGELIO Según Mateo 17, 1-9
Domingo 2º de Cuaresma – Ciclo A
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
COMENTARIO
Jesús acaba de anunciarles a sus discípulos, por primera vez, su Pasión y Resurrección (Mateo 16, 21) y les acaba de decir que para seguirle a Él hay que negarse a sí mismo y tomar la cruz (16, 24): a los discípulos no les resulta nada fácil admitir todo esto, entrar en esa dinámica. Les entran, es normal, el miedo y las dudas. Se quedan con la primera parte del mensaje: la pasión, y se olvidan de la segunda, la resurrección. La experiencia de la Transfiguración es una experiencia de consolación con la que el Señor les quiere ayudar a superar miedos y dudas: “levantaos, no temáis”: id hacia adelante, seguid a Jesús: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Siguiéndole a Él no os perderéis.
Miedos y dudas en el seguimiento de Jesús: sabemos de eso, ¿verdad? Tenemos, también nosotros, muchas veces la experiencia cierta de la pasión y también a nosotros, quizá, nos queda muy lejana la promesa de la resurrección. El miedo nos paraliza y las dudas nos bloquean: ¿vale la pena? ¿no me estaré equivocando? ¿es necesario ir contra corriente? ¿no estaré echando a perder mi vida? ¿para qué tanto sacrificio, tanta renuncia? “Levantaos, no temáis”, “escuchadlo”: sus palabras son palabras fuertes, pero palabras verdaderas.
Os propongo invertir el orden de esta doble llamada del Padre a los discípulos: “no temáis y levantaos”.
Es normal tener miedo, es un sentimiento humano. Y por eso esa llamada al “no temer” es una llamada que atraviesa de principio a fin toda la Biblia. Lo que se nos pide es no dejarnos dominar por el miedo, no decidir desde el miedo, porque el miedo paraliza, bloquea, nos disminuye. ¿Y cómo es posible eso? ¿cómo es posible la victoria sobre el miedo?: con la confianza: “Éste es”. Morirá, pero resucitará; lo creían muerto, pero está vivo. El miedo nos hunde como a Pedro en la tormenta, pero la confianza nos permite caminar incluso sobre agua (Mateo 14, 29-30). Una confianza que tiene sólido fundamento en la memoria de la historia de Dios con nosotros: así lo expresaba el pequeño David frente al gigante Goliat: “Yahvé que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de la mano de este filisteo” (1º Samuel 17, 37): y con la piedra de la confianza el pequeño derribó al gigante.
“Levántate”: el verbo que tantas veces utilizo Jesús en sus curaciones y resurrecciones. Claro que sí: levántate, camina, siempre hacia adelante, pasa a la otra orilla. Date, entrégate a los demás, pon a Dios en el centro de tu vida. Vive desde la acción de gracias y la confianza y no desde la queja y el lamento. Porque sí: hay pasión, pero lo definitivo es la resurrección.
