EVANGELIO Según Juan 1, 29 -34
Domingo 2º Tiempo Ordinario – Ciclo A
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
COMENTARIO
Concluidas las celebraciones de la Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos el domingo pasado, comenzamos el tiempo ordinario en el que, este año, meditaremos el evangelio de San Mateo. Sin embargo, como en una especie de presentación o prólogo, se nos presenta hoy a la figura de Juan el Bautista dado testimonio de Jesús como Salvador. Es algo así como decirnos: “estad atentos porque Aquel al que vais a acercaros a lo largo de los domingos de este año es el Salvador”.
La palabra central del evangelio de hoy es la palabra “testimonio”: Juan da testimonio de Jesús. ¿Qué es el testimonio? ¿qué es dar testimonio de alguien? Nos puede ayudar una breve reflexión sobre eso, pues también nosotros estamos llamados a ser testigos, a dar testimonio de Jesús en nuestra vida y ante nuestros contemporáneos.
En primer lugar, dar testimonio es hablar de Otro que no soy yo. Es algo que Juan el Bautista siempre tuvo muy claro… y que nosotros a veces no lo tenemos tanto. El Papa Francisco insistió mucho en ello: no hemos de hablar de nosotros, sino de Él. No de nuestros problemas, de nuestras ideas, de lo mío, de mis preocupaciones, sino de Él. Porque se trata de que, por la mediación de nuestro testimonio, las personas se encuentren directamente con Él.
El testimonio es hacer patente nuestra experiencia de Él y con Él. Testimonio es experiencia, no discurso, ni teoría, ni especulación. El valor y la calidad de un testimonio es el valor de la verdad y de la profundidad de la experiencia. El evangelista Juan apela siempre “a lo que hemos visto y oído, a lo que nuestras manos palparon”. Sin experiencia personal no hay testimonio. Ese es el desafío y la condición del testigo: la experiencia.
¿Cómo se da testimonio? No reduzcamos el dar testimonio a la palabra: ni sólo la palabra, ni principalmente la palabra, aunque muchas veces la palabra es lo primero, la puerta de entrada en el testimonio. Pero más que la palabra son los hechos de la vida, o la entrega misma de la vida, sea en el martirio puntual con derramamiento de sangre (el testimonio de los mártires), sea el martirio de una vida diaria vivida y entregada en la abnegación y la humildad del servicio cotidiano.
Se trata, en definitiva, de hacer patente que el encuentro con Jesús nos cambia la vida, las actitudes de la vida y el horizonte de la vida. Y ¡ojo!: no hay testimonio evangélico triste: el verdadero testimonio de Jesús Salvador es, siempre, un testimonio gozoso.
