El que me come vivirá por mí.

Solemnidad del Corpus Christi – Ciclo A (Juan 6, 51 – 58)

En los pocos versículos del evangelio de Juan que nos propone en esta solemnidad la liturgia de hoy se reitera varias veces la vinculación del “comer” el Cuerpo de Cristo y la “vida”. Comer para vivir. Es lo más natural y cotidiano; en los últimos meses he tenido la experiencia personal, en el ámbito de mi familia y de mi comunidad, de lo unidas que van ambas cosas: cuando una persona está enferma comer es un buen signo y dejar de comer suele ser un signo preocupante.

Pero la vida a la que se refiere el evangelista Juan no es la vida “biológica”, es otra vida. No “la otra vida”, sino nuestra vida de ahora vivida en otra dimensión: “el que come este pan vivirá para siempre”. La eucaristía, carne de Cristo y sangre de Cristo, es el alimento que hace posible otra vida, la vida vivida como identificación plena con Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Y la pregunta que nos podemos hacer al meditar este evangelio es cuál es esa vida “nueva”, esa vida “en plenitud” que hace posible la comunión con Cristo en la eucaristía, en qué consiste, cuáles son sus rasgos fundamentales.

La vida identificada con Jesús, la vida que hace posible la Eucaristía y que sólo con el alimento eucarístico es posible, es una vida en “entrega”, una vida entregada por y para la vida del mundo, para la salvación de los demás: “esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros” (Lucas 22, 19). Nos identificamos con Cristo, vivimos nuestra vida al modo de Cristo, si nos entregamos: “haced esto en memoria mía” (Lucas 22, 19). Pero ¿de dónde nace la fuerza para entregarse? Y entregarse, tantas veces, a fondo perdido, sin ver resultados, con amor de gratuidad.

La vida identificada con Jesús, la vida que hace posible la Eucaristía es una vida en “comunión”, una vida empeñada en crear fraternidad y comunidad entre los que somos muchos y diversos, pero comemos de un mismo pan: “porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (1ª Corintios 10, 17). No nos engañemos: antes y ahora no es fácil la comunión en la Iglesia. Historias diversas, sensibilidades distintas, recelos de fondo: tantas cosas la hacen difícil. Sólo la identificación de fondo con el corazón de Jesús nos abre a la fraternidad entre los diversos.

La vida identificada con Jesús, la vida alimentada de Eucaristía es una vida que es vivida en “solidaridad” con aquellos que no tienen el alimento espiritual o el alimento material que hace posible una plena vida humana. El evangelio de hoy es el discurso con el que el evangelista Juan explica uno de los grandes “signos” de Jesús: cuando “tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió” (Juan 6, 11) a una muchedumbre hambrienta. La eucaristía es el alimento de una solidaridad humana que no es hacer milagros imposibles, sino compartir aquello que está en nuestras manos. Poco, pero todo.

Darío Mollá SJ

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