Cada árbol se conoce por su fruto

Domingo 8º tiempo ordinario – Ciclo C (Lucas 6, 39-45)

En el evangelio que la liturgia nos propone para meditar este domingo Jesús utiliza cuatro imágenes: la imagen de los dos ciegos, la del maestro y el discípulo, la del árbol y sus frutos y la del corazón y la boca. De todas ellas, yo voy a centrar mi comentario en la imagen del árbol y su fruto: “no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno”. La imagen del fruto es una imagen que aparece en otros momentos y en otros evangelios: recordemos, por ejemplo, el capítulo 15 del evangelio de San Juan: “soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Juan 15, 16). “Dar fruto” es en uno y otro evangelio signo de la verdad y la autenticidad en el seguimiento de Jesús.

Podemos hacernos dos preguntas: ¿de qué frutos estamos hablando? ¿cuál es la condición para que el árbol dé frutos?

Estamos hablando, obviamente, de frutos buenos, de frutos que dan vida. Y en el caso del evangelio hablamos de frutos evangélicos que derivan claramente de la comunión con Jesús: “el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante” (Juan 15, 5). La comunión con Él es la condición de la fecundidad. ¿Cuáles son esos frutos o, al menos, algunos de ellos? Frutos que manifiestan que ahí hay un seguimiento de Jesús auténtico y sin los cuales cabe pensar, al menos, que algo está fallando en el seguimiento. Señalaré tres de ellos:

La misericordia y la compasión. El corazón de Jesús es un corazón misericordioso y compasivo, y la comunión con Él transforma nuestro corazón, tantas veces endurecido, a imagen del suyo. Misericordia y compasión son signos inequívocos de una persona transformada por Jesús y la ausencia de ambas cuestiona la autenticidad de un seguimiento. Hago mía la reflexión de Simone Weil: “Sé en qué Dios crees por el modo como me hablas de los hombres”;

La sabiduría. Ese conocimiento hondo de las personas, los acontecimientos y la vida entera que se da cuando se mira todo eso con los ojos de Dios. Una mirada distinta, más profunda a la vez que más sencilla. Una sabiduría que va más allá de conceptos y palabras y que toca el corazón. Que no se queda en la superficie de las cosas, sino que atiende a su significado más profundo. Y que por ello es capaz de descubrir a Dios en la vida cotidiana;

La capacidad de abnegación y entrega. En comunión con Jesús sus seguidores auténticos entregan su vida por los demás. En esa entrega cotidiana que es el heroísmo del cada día: el servicio que no busca recompensa ni aplauso, la perseverancia en una tarea y misión cuyo fruto a veces es bien escaso o imperceptible, el acompañar y compartir los sufrimientos de tantas personas que encontramos en los caminos que transitamos.

Darío Mollá SJ

Centro Arrupe
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