Comentario al Evangelio: “BIENAVENTURADOS, ALEGRAOS Y REGOCIJAOS”

EVANGELIO Según Mateo 5, 1 – 12a

Domingo 4º Tiempo Ordinario – Ciclo A

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

COMENTARIO

Nos encontramos este domingo con una de las páginas más bellas y consoladoras de todo el evangelio: “bienaventurados, alegraos, regocijaos…”. ¿A quiénes dirige Jesús estas palabras?: “al ver a la multitud subió al monte… tomó la palabra…” ¿Quiénes forman parte de esa multitud? ¿a quiénes está viendo Jesús cuando pronuncia estas apalabras? El mismo evangelista Mateo lo aclara en los dos versículos inmediatamente precedentes a las bienaventuranzas: “Su fama se extendió por toda Siria, de modo que le traían todos los que padecían diversas enfermedades o sufrían achaques: endemoniados, lunáticos, paralíticos y Él los sanaba. Le seguía una gran multitud de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania” (Mateo 4, 24 – 25). A esa multitud tan diversa en su procedencia y en sus creencias, pero unida por el dolor y la esperanza de sanación que Jesús aporta, Él les llama “bienaventurados” y les invita a la alegría.

¿Cómo es posible ese atrevimiento? Cuando los jefes religiosos de Jerusalén miraban a esa multitud decían justamente lo contrario: “esa maldita gente que no conoce la ley” (Juan 7, 49). Jesús mira a la multitud con otros ojos: con los ojos de Dios; unos ojos que se compadecen del dolor de los que sufren y unos ojos que no se detienen en la pobreza exterior, sino que miran la riqueza interior. Jesús les está diciendo: “así os ve Dios”. Por eso no sois malditos, como os han dicho, sino bienaventurados; porque la mirada que importa no es la mirada de los hombres, sino la mirada de Dios: la mirada de los hombres os condena, pero la mirada de Dios os salva.

Y, como siempre, nos preguntamos qué significado tiene este evangelio para nuestra vida. Creo que, al menos, nos plantea dos preguntas.

¿Cómo miramos a los diversos, a los distintos, a los que no son como nosotros por origen, o por creencias, o por clase social, o por sensibilidad? ¿Con los ojos acogedores y paternales de Dios o con ojos de soberbia y exclusión? ¿Cómo miramos a los pobres y a los que sufren? ¿Con los ojos compasivos de Dios o con ojos de indiferencia e incluso desprecio? ¿O ni siquiera merecen nuestra mirada? Pues a todos ellos Jesús les llama “bienaventurados”.

¿Qué valores apreciamos en las personas? El evangelio de hoy nos da un buen catálogo: la misericordia, la paciencia, el sentido de justicia, la limpieza de corazón, la honestidad… ¿Son esos los valores que cuidamos en nosotros? Sorprendentemente, y contra la opinión de muchos, esos, y no otros, son los valores que generan la alegría de vivir.

DARÍO MOLLÁ, SJ

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