Evangelio según san Mateo 5, 1-12a
Solemnidad de Todos los Santos
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
COMENTARIO
“La palabra “feliz” o “bienaventurado” pasa a ser sinónimo de “santo”, porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (De la Exhortación Apostólica del Papa Francisco “Alegraos y regocijaos. Sobre la llamada a la santidad en el mundo actual”, 19 de marzo de 2018, nº 64). En esta fiesta de Todos los Santos he querido releer esta sencilla y preciosa Exhortación del Papa Francisco y mi primera recomendación en este comentario es invitar a su relectura. Vale la pena.
En las apenas dos líneas de este número citado se nos dan tres claves para entender adecuadamente lo que es la santidad: fidelidad a Dios y a su Palabra, entrega de la vida, alegría y felicidad.
La santidad es, siempre, obra de la gracia de Dios. De la gracia de Dios que actúa de forma eficaz y transformadora cuando una persona abre su vida a la entrada de esa gracia. Entonces, poco a poco, se va dando un proceso interior y exterior por el que la persona humana, tal como ella es, va siendo en este mundo reflejo de la presencia de Dios. Un modo sencillo y eminente de abrirnos a esa gracia es la contemplación de la persona de Jesús, tal como la encontramos en el evangelio. En esa contemplación Él nos va conformando a su imagen. Tal como cada uno somos, pero cada vez más semejantes a Él. “Quisiera conocerte como eres, tu imagen sobre mí bastará para cambiarme” (P. Pedro Arrupe sj): no de la noche a la mañana, sino a lo largo de la vida. Cada día más generosos, más compasivos, más limpios de corazón…: más “bienaventurados”.
Conformarnos con Cristo, ser “santos”, “bienaventurados”, es entregar la vida por el bien de nuestros hermanos. La santidad no es una espiritualidad desencarnada ni tampoco un afán narcisista de supuesta e imposible “perfección”. Es entrega, donación, servicio. Cada uno y cada una según sus características personales y propias: no hay un único modelo de santidad; cada uno y cada una en la misión en la que se nos ha puesto en la vida. No es esto o aquello: puede ser todo, todo lugar, toda misión, vividos evangélicamente. En el día a día, en la lucha del día a día, superando las tentaciones y las dificultades de cada día.
Ése, y no otro, es el camino de la felicidad plena, el camino de la “bienaventuranza”. “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados” (Papa Francisco). Hagamos memoria agradecida de esos momentos en que nos hemos sentido plenamente felices y del porqué de esa alegría. Seguramente, cuando menos nos hemos buscado a nosotros mismos…
P. DARÍO MOLLÁ, SJ
