EVANGELIO Según Mateo 5, 13 -16
Domingo 5º Tiempo Ordinario – Ciclo A
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
COMENTARIO
Seguimos este domingo meditando el Sermón del Monte según el evangelio de Mateo, que comenzamos a escuchar el domingo pasado con las Bienaventuranzas. Lo hacemos con unos breves versículos en los que Jesús encomienda a sus discípulos dos misiones, o, mejor dicho, una misma misión bajo dos imágenes, la sal y la luz. La misión: hacer presente en este mundo al Dios proclamado en las bienaventuranzas. El Dios que viene a dar sentido y horizonte a la vida humana y, especialmente, a la vida de los que sufren.
Me voy a centrar en este comentario en la imagen de la luz. La Luz, con mayúscula, es Jesús. Lo hemos oído claramente en Navidad, desde la misma mañana: “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre cuando viene a este mundo” (Juan 1, 9). Esta misma semana hemos recordado en la eucaristía de la Candelaria el canto de Simeón: “luz para iluminar a las gentes” (Lucas 2, 32). Nosotros somos luz, sólo damos luz, si estamos unidos a esa Luz que es Cristo, si compartimos en nuestra vida cotidiana sus actitudes y valores. Y podemos dar mucha luz… porque Él así lo ha querido y así nos lo ha encomendado como misión.
Pero, junto con la misión, Jesús hace una advertencia. Sorprendente, quizá, pero muy oportuna: la luz no se enciende para esconderla debajo de un perol o de un mueble (que así traducen los exégetas lo del “celemín”), sino para ponerla en un sitio bien visible. Digo que la advertencia puede ser sorprendente, por pura lógica…; pero también digo que es oportuna porque, de tantos modos, escondemos la luz… Me atrevo a citar algunos modos de ese “esconder” la luz que el Señor nos pide que seamos.
Podemos esconder la luz, y a veces la escondemos, con nuestros silencios. Silencios sobre la fe que nos ha sido regalada y que vivimos, y silencios cuando ante situaciones de sufrimiento o de injusticia ante nuestros hermanos callamos. Silencios cuando nuestra vida se aparta “silenciosamente” de lo que decimos ser nuestras convicciones: vida “pública” y convicciones “privadas” como mundos distintos.
Podemos esconder la luz con nuestros hechos. Jesús vincula la luz a “que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre”. ¿Y cuáles son las “buenas obras” que nos hacen ser luz? Las buenas obras de las bienaventuranzas: la misericordia, la paciencia, el cuidado de los pobres, la limpieza de corazón, el trabajo por la justicia y la paz…
¡Qué pena esconder la luz en un mundo tan necesitado de ella! La luz del sentido, la luz de la esperanza, la luz de un horizonte, la luz de la alegría, el calor de la luz… No la escondamos…
