No podéis servir a Dios y al dinero.

Domingo 24 del Tiempo Ordinario – Ciclo C (Lucas 16, 1 – 13)

La afirmación de Lucas que cierra la lectura evangélica de este domingo es categórica y la disyuntiva que plantea permite pocas escapatorias. Sorprende su modernidad y actualidad que nos está reflejando que el problema que plantea está muy vinculado a la condición humana: el poder del dinero. Tanto, tanto, tanto… que puede llegar a convertirse en un Dios. En un Dios falso, en un Ídolo, con mayúsculas, al que se pueden sacrificar muchas cosas.

Es evidente que a más dinero, y a más injustamente ganado ese dinero, más peligro de que ese dinero se convierta en Ídolo. Al que se sacrifican muchas cosas y que, incluso, va devorando a quien pone su confianza en él: lo va pervirtiendo como persona, va devorando su humanidad. Cuando tengo noticias de los escandalosos y, en mi opinión, injustos sueldos y premios que ganan los deportistas de élite siento indignación, vergüenza… y también lástima por esas personas. El dinero y la corte de aduladores que les rodea acabarán con ellos: los ejemplos son múltiples y las excepciones contadas.

Pero no me voy a centrar en eso es este comentario, porque, muy seguramente, ninguno de esos personajes va a leer estas líneas (y si las leyeran las despreciarían…), y quienes las vais a leer sois personas que vivís modestamente y que el dinero que tenéis (más o menos) lo habéis ganado con vuestro trabajo cotidiano y por procedimientos honestos. A nosotros el evangelio de hoy nos plantea una cuestión: el uso que hacemos de nuestro dinero.

El dinero es necesario para la vida. No se puede vivir sin él. La vida personal y familiar, las actividades apostólicas de la Iglesia, de las congregaciones religiosas, de las parroquias necesitan dinero para mantenerse. El problema no es tener o no tener dinero (siempre que se gane honestamente), sino el uso que se hace de él y el para qué se utiliza ese dinero. El tema es si ese dinero es un medio para…, o si se ha convertido en un fin. Y lo que el evangelio de hoy denuncia es el dinero convertido en fin: eso es “servir al dinero”.

Dicho de otro modo, más sencillo y quizá más habitual: la cuestión de este evangelio es el puesto que ocupa el dinero en nuestra lista de prioridades. El dinero ha de estar en esa lista: eso es innegable, ése no es el problema; la cuestión es ¿en qué lugar? La tragedia sucede cuando el dinero se convierte en la primera prioridad. Entonces su fuerza destructiva es enorme, es capaz de acabar con todo: con personas, con familias, con los principios más sagrados… Por eso “no podéis servir a Dios y al dinero”. Es una clarividente constatación.

Dario Mollá SJ

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