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Segundo domingo de Cuaresma (Mt 17,1-9)

Jesús acaba de decir a sus discípulos que tiene que ir a Jerusalén. El evangelio de Lucas dirá que “decidió irrevocablemente ir a Jerusalén”. Sabe lo que le puede venir y caer encima. Sabe que sacerdotes, senadores y letrados no lo soportan, pero Jesús está totalmente arraigado en la fe de Israel y quiere anunciar y testificar el reinado de Dios, que está aconteciendo en su decir y hacer, en la ciudad de David.

Jerusalén es la cumbre de la alegría para todo judío piadoso. Jesús desea que en el “centro” irradie la compasión para todos los pueblos, aunque intuye que no va a ser aceptado. Pero Jesús no se retira ante las amenazas, Jesús se ha implicado compasivamente con su gente y esto no tiene vuelta atrás. Jesús no se retira por obcecación sino por compasión.

La actuación compasiva y libre de Jesús genera diversidad de reacciones (“Padre la gente sencilla me entiende, los sabios y entendidos no”). Para la gente sencilla de Naím “un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios nos visita”. Para la gente del Templo, todo lo contrario, lo que Jesús hace “es obra de Belcebú”. Los discípulos andan desconcertados porque el mesianismo de servicio de Jesús no es el que esperaban. El servicio de Jesús no da criterios de relevancia, ni de como acceder a primeros puestos, “el que quiera ser el primero que sea el servidor…”, “el que me quiera seguir que cargue con su cruz…”, “este hijo de hombre no ha venido a ser servido…” El grupo más cercano a Jesús anda desconcertado.

Jesús se toma un respiro con Pedro, Santiago y Juan, suben a una montaña alta y la misma voz que resonó en el Bautismo de Jesús, resuena ahora en la montaña con una pequeña diferencia. En el Bautismo es Jesús el que experimenta su radical filiación: “Tú eres mi hijo amado, en el que me complazco”; en el Tabor la voz no va dirigida a Jesús, sino a los discípulos, a nosotras y a nosotros: “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Este Jesús que se implica por los caminos de la Galilea, compasiva, libre y gratuitamente al no caer en la trampa de las tentaciones (domingo pasado) es el Amado del Padre. Ese Jesús servidor, abajado, perseguido por las autoridades, compasivo con pecadores y abatidos es el Predilecto del Dios vivo

La transfiguración es un alto en el camino hacia la Pascua para no despistarnos. De Jesús y del Dios en el que él arraiga su vida esperamos cosas muy extrañas, proyectamos nuestras frustraciones y delirios sobre ellos, nos gustarían intervenciones portentosas que restauraran este mundo mágicamente… el único portento que se nos va manifestando cuando aceptamos la invitación del Padre a escuchar de corazón a Jesús y su evangelio es que percibimos su fidelidad hasta el final. Jesús no huye, permanece, la implicación compasiva no tiene vuelta atrás.

El amado por el Padre es ese Jesús de los caminos de la vida no otro. El predilecto del Padre es ese Jesús que siente ternura y predilección por los pequeños y últimos, es ese Jesús que no es el asalariado que huye ante la amenaza y la adversidad. Jesús levantará a sus discípulos, bajará con ellos de la montaña, no hay tres tiendas que valgan alejadas de la vida. El criterio de verdad de nuestros retiros, oraciones… es si nos devuelven transfigurados a la vida cotidiana para poder ver y escuchar al Compasivo en la trama de lo cotidiano.

Toni Catalá SJ

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