Conviene que cumplamos, en todo, lo que Dios quiere.

Solemnidad del Bautismo del Señor – Ciclo A (Mateo 3, 13 – 17)

Estas palabras de Jesús a Juan el Bautista cuando Jesús se acerca a recibir el bautismo de Juan y éste, muy consciente de quiénes son ambos, y muy coherente con todo su mensaje le dice a Jesús: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”, son las primeras palabras que el evangelista Mateo pone en boca de Jesús en todo su evangelio, y tienen por ello una especial significación. Son palabras que encierran todo el mensaje del evangelista Mateo sobre Jesús: es el que ha venido a cumplir “en todo” la voluntad del Padre.

En Getsemaní, al final de su vida, en los momentos duros de la pasión, Jesús vuelve a repetir por tres veces esas mismas palabras: “no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt. 26, 39), “hágase tu voluntad” (Mt 26, 42). Y las últimas palabras que el evangelista Juan pone en boca de Jesús, al morir en cruz, son idénticas: “Está cumplido” (Jn 19, 30).

Yo quiero subrayar el “en todo”. Porque aquí radica el problema o la dificultad. Lo que aparece en esta escena concreta del evangelio es precisamente la extrañeza de Juan el Bautista por ese modo sorprendente para todo Israel, y para él mismo, con el cual se presenta el Mesías en  su primera aparición pública: como un pecador más, anónimo en la fila de los que se acercan a ser bautizados por Juan. Y Jesús le responde: hay que hacer las cosas al modo que Dios quiere.

“En todo” y, especialmente, en los modos, en los cómos. Los grandes “objetivos” de la acción  de Dios resultan predecibles y previsibles: la salvación, la redención del género humano, la felicidad de las personas. Pero cuando Dios comienza a desconcertar es en los modos que escoge para llevar adelante sus planes. Y en ese sentido el evangelio de la infancia  de Jesús (el más elaborado teológicamente) es paradigmático: comenzando por la elección de María, siguiendo por el nacimiento en Belén y continuando con la vida oculta en Nazaret durante treinta largos años.

No sucede de modo diverso en nuestra vida cotidiana y concreta, la de cada uno de nosotros. ¡Tantas veces nos desconcierta el modo de hacer de Dios y el modo como Dios nos pide que nosotros hagamos! Seguir a Jesús, “al modo” de Jesús: ahí es donde tropezamos porque queremos seguirle y hacer las cosas a nuestra manera y esa manera no coincide muchas veces con la de Dios. Esa es la gran tentación: el “a mi manera”, “a nuestra manera”, “a la manera del mundo”: la tentación que el tentador le propone a Jesús en el fragmento siguiente del evangelio, y también nuestra tentación personal e institucional.

Darío Mollá SJ

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