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Jesús, junto a los discípulos, está a punto de llegar a Jerusalén (Mc 11:1). A lo largo de los últimos domingos hemos sido testigos de la insistencia de Marcos en decirnos que “iban de camino, subiendo hacia Jerusalén” (10:32) y que “Jesús iba adelante y los que le seguían iban con miedo” (10:32). Todo un guiño por parte del evangelista para que el lector intuya la disposición de los discípulos ante la determinación de Jesús.

En este camino ha habido una constante, Jesús anuncia por tres veces que “este Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los letrados, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos, que se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y le darán muerte, y al cabo de tres días resucitará” (10: 33-34)

A partir de estos tres anuncios (8,31-32; 9,31; 10,33-34), Marcos ha organizado una narración que deja constancia de la dificultad de los discípulos de comprender lo que Jesús les está diciendo. Incomprensión que se traducirá, de facto, en rechazo a una vida que, en su entrega, cuenta con el fracaso y el sufrimiento. Los discípulos se sitúan en las antípodas del horizonte de Jesús: luchas de poder dentro del grupo, conflictos con los de fuera del grupo y desprecio de los pequeños y vulnerables.

Ha sido una narración, a lo largo de los capítulos 8 a 10, que se abre con la curación del ciego de Betsaida (8:22-27) y se cierra con la de otro ciego, Bartimeo (10: 46-52). De este modo, el evangelista describe la situación de los discípulos, confirmada con las palabras de Jesús, «tenéis ojos, ¿y no veis?» (8:18) y que la vincula con la dificultad para comprender, «¿todavía no comprendéis?» (8:21).

Sin embargo, la situación de partida de los discípulos -ciego de Betsaida- y la de llegada -ciego de Jericó- no es la misma. Si en el primero la iniciativa de ser curado es de otros, en el segundo es del propio interesado. Si en el primero la causa de curación es la actuación de Jesús, en el segundo es la propia fe. Si el primero es enviado por Jesús a su casa, el segundo decide seguirlo.

La pregunta que Jesús hacía a los discípulos al inicio de toda esta narración -«¿Todavía no comprendéis?» (8:22)- encuentra su respuesta en la curación del ciego de Jericó que ha recuperado la vista y ha comprendido que está llamado a incorporarse con Jesús al camino que conduce a Jerusalén, donde la vida se abrirá paso por la entrega absoluta.

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