Mujer, ¿por qué lloras?

“Mujer, ¿por qué lloras?”. Es la palabra de Jesús ante María Magdalena rota por la pérdida y la ausencia. Una experiencia de ruptura, sufrimiento y dolor que produce un fuerte impacto en esta mujer y que el propio Jesús atiende. Es el llanto de mujeres y hombres que pasan por la separación y el divorcio y que en el Centro Arrupe atendemos desde el Programa SEPAS (enlazar) y el Centro de Escucha (enlazar)

Ante la separación y el divorcio la persona se siente derrumbada, hundida, superaba por las circunstancias: “me sentía muy dolida, muy perdida, muy mal”. Se habla de quedarse “sin suelo, sin puntos de apoyo” ya que su pareja era fuente de estabilidad.

Es una situación estresante que provoca ansiedad, angustia somatizada en alteraciones del sueño, pérdida de interés por el mundo exterior produciéndose un aislamiento social: “al principio fue horroroso, me quedé sola y enferma; mi situación era caótica”, “donde mejor me encuentro es en casa, allí estoy conmigo misma”, “me cuesta mucho integrarme en los grupos y eso hace que me sienta más solo”.

Sentimientos de desbordamiento emocional y reacciones de incredulidad ante lo que se está viviendo, percepción de una quiebra de la vida: “Me quedé derrumbada. En mi cabeza todo esto era inconcebible. Te quedas hundida y crees que nunca lo vas a superar. Todo aquello me desbordó. Éramos una piña y cuando mi pareja se fue se me rompieron todos mis esquemas, nunca pensé que esto me pudiera ocurrir”.

La seguridad y la estabilidad que había vivido hasta entonces la persona se transforman en sentimientos de abandono y desamparo: “de repente te quedas sin una familia y a la hora de la verdad cada uno va a lo suyo”, “me lo he pasado muy mal con mucha soledad, es una experiencia tremenda”.

Cuando la persona tiene un entorno familiar al que acude reiteradamente al sentirse desamparada suele tener la impresión de estar cansando o de molestar. Los requerimientos que recibe por parte de familiares o amigos para salir de la situación en la que se encuentra suelen ser percibidos por la persona afectada como un rechazo o negación a su llamada de auxilio: “me decían si es que quería recrearme en todo lo que me estaba pasando. Yo no quiero recrearme, ya me las arreglaré como pueda”.

La persona se encuentra ante situaciones que antes resolvía con la pareja y ahora se ve afrontándolas sin su apoyo. Es frecuente, por tanto, que se de un sentimiento de nostalgia que amplifica el sentido de desamparo: “echo mucho de menos a mi marido, ¿a quién puedo acudir?, ¿dónde encontraré ayuda?, ¿qué puedo hacer?”, “lo que más me está costando es no contar ya con mi pareja”.

Con el paso del tiempo pervive la conciencia de que la vida se ha derrumbado, la persona se siente incapaz de rehacer su vida, se va abandonada y sigue albergando la creencia de una posible solución para reconstruir la relación rota: “quizá soy un poco ingenua, pero todavía conservo la esperanza de que vuelva”.

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