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No es sólo lo que dice. También es cómo lo dice. Emplea imágenes chocantes que no necesitan muchas explicaciones. Se entienden a la perfección. Es un lenguaje sencillo, directo que evita argumentaciones complejas. Le hemos oído hablar de la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo o del confesionario que no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor. Y al referirse a los cristianos melancólicos no duda en decir que tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella. Hay que reconocer que no estábamos acostumbrados a un lenguaje tan poco solemne en un Papa.

La revolución de la ternura es otra de las imágenes que emplea y que encontramos en su Exhortación La alegría del Evangelio: “El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG 88). Y volverá a referirse a esta revolución cuando hable de María y nos dirá que cada vez que la miramos volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y afirmará que en ella vemos que la ternura no es virtud de los débiles sino de los fuertes, de aquellos que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. “No debemos tener miedo de la ternura”, afirmará en otra ocasión.

Es habitual identificar la ternura como una cualidad vinculada a lo afectuoso y lo cariñoso y hemos aprendido que mostrarnos así en determinadas situaciones puede ser señal de debilidad y que quizá es mejor dejar esas muestras de ternura para otras ocasiones. Francisco introduce una perspectiva novedosa a nuestra comprensión de la ternura al presentarla no tanto como una cualidad que define un rasgo personal sino como una virtud, como una disposición que se da en aquellos que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.

Quien se está ejercitando en esta virtud ha comprendido que no necesita imponerse, ni apabullar, ni coaccionar, ni despreciar, ni denigrar, ni manipular para sentirse importante. No es cierto que tengamos que ponernos por encima de nada ni de nadie. No es cierto que tengamos que maltratar, dañar, lastimar o herir a nadie para sentirnos fuertes. La necesidad de sentirnos importantes y, por ello, fuertes es quizá una de las mayores muestras de debilidad y algunas de nuestras actitudes y modos de proceder denotan esa necesidad de sentirnos importantes por nuestras ideas, decisiones u opiniones. Llegado el momento parece preferible una defensa numantina antes que dar el brazo a torcer. Algo así sería una claudicación en toda regla.

Sentirse importantes, sentirse fuertes, una extraña necesidad que acampa a sus anchas y se abre camino deshumanizando todo lo que toca. Urge esta revolución de la ternura que nos da el coraje y la fortaleza que necesitamos para dejar de maltratar al prójimo.

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