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En el Evangelio de este domingo (Lc 15,1-32) Jesús cuenta las tres parábolas de “la pérdida”: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Compartimos el comentario de Toni Catalá.

A Jesús, compartir la mesa con pecadores y publicanos, le costó la vida. En una sociedad configurada por estrictos códigos de honor y de pureza ritual no se puede compartir la comida con cualquiera. No se puede perder, de ningún modo, la buena reputación y el honor, sentándose a la mesa con impuros, mala gente y extranjeros que vete a saber de dónde vendrán. En la cultura judía, la comida sólo se comparte entre iguales, como signo de familia y fraternidad. Jesús, compartiendo mesa, está expresando a la “mala gente” que son de la familia de Dios, que son acogidos y tienen sitio en el Banquete del Reino.

Los de siempre siguen acechando y criticando a Jesús por su modo de comer, por curar en sábado, por no ayunar… A estos que lo critican, no al público en general como tendemos a leer, Jesús les cuenta las tres parábolas de “la pérdida”: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Nos fijamos en la del “hijo pródigo” porque el saberla casi de memoria nos hace malas pasadas.

Ya conocemos la historia, un padre tiene dos hijos. El pequeño le pide la parte de la herencia, (¡ojo!, que aquí nos jugamos toda la lectura del evangelio) y el padre les repartió los bienes a los dos, en plural. Tendemos a leer en singular y ya tenemos lo de siempre: la parábola del hijo prodigo, la parábola del pecador arrepentido… El padre les reparte los bienes a los dos, al mayor y al pequeño. El Dios que se revela en Jesús es Padre Nuestro, pero parece que hay gente religiosa entonces y hoy que no les interesa que sea Nuestro, sino sólo de los que nos sentimos buenos.

El pequeño se pierde, frustra su vida, deja de vivirse como hijo y pasa a ser siervo: cuida cerdos que es lo más bajo a lo que se puede llegar, pasa hambre fuera de su tierra, vuelve por intereses de pura supervivencia, quiere pedir perdón por lo menos para poder comer… Jesús está compartiendo mesa con estos “hijos pequeños”, no lo olvidemos. El Padre al verlo llegar sale corriendo, conmovido, se le echa al cuello y lo llena de besos. Sin comentarios.

El mayor que también ha recibido lo suyo -no olvidemos que el padre repartió los bienes a los dos- se acerca a casa, oye música y danza y se inquieta. Hay gente “religiosa” que no soporta la fiesta. Cuando se entera que la fiesta es por su hermano que ha vuelto “se indignó y no quiso entrar”. Esto es lo más doloroso para Jesús: experimentar que hay quienes se sienten a bien con Dios y no quieren entrar a la fiesta de la fraternidad, no les interesa el “Padre Nuestro del Cielo”.

El padre es tan bueno que sale también a buscar al mayor y lo que se encuentra es con el reproche y la “pasada de factura” -mayor que por cierto no pronuncia la palabra hermano sino “ese hijo tuyo”-. Jesús se vive desde un Dios Padre Nuestro que da herencia al mayor y al pequeño, que sale a buscar al mayor y al pequeño, pero se encuentra que el mayor se siente con derechos y no quiere entrar al Banquete, no vive en acción de gracias por estar en casa del padre desde siempre. Que pena tan honda siente Jesús porque no se quiere la fraternidad, vamos a intentar apenarlo un poco menos.

Toni Catalá SJ

Comentarios

  • No se entiende sin esa fiesta de amor fraterno del padre. La fiesta la es el banquete la Eucaristia, la relación y la unión de los hermanos debería ser tan íntima y a la vez tan entrañable en sí es un buen regalo.

  • Que verdad es que cuando leemos un evangelio perdemos la mitad o el verdadero sentido,porque ya nos lo sabemos.Por eso no pasamos de lo mismo de siempre y no nos mueve el corazón, por lo menos yo hablo por mi.
    Gracias por esta ayuda de poder entender y reflexionar mejor la Palabra de Jesús.

  • Una vez más la Palabra golpea mi corazón acostumbrado al latido complacido, acomodado…

  • Gracias por esos dos apuntes: que “en la cultura judía, la comida sólo se comparte entre iguales, como signo de familia y fraternidad” y que “el padre les repartió los bienes a los dos, en plural”. Me ayudó mucho la lectura de la parábola desde otro prisma: bajo la perspectiva del Padre NUESTRO y no mío. Y es que siempre queremos ser y atesorar más que otros, ¡incluso la figura del Padre! ¡Vaya si es cierto que parece que no se quiere la fraternidad! ¡Y ojalá no fuese así! Un saludo

  • Esta parábola tiene para mi varias lecturas:
    a) el hermano mayor, somos todos los que no salimos a vivir al mundo, por comodidad, miedo y falta de valentía. Nos hemos instalado en una dinámica de vida que nos asegura estar entre los dignos y elegidos, y buenas personas. Actuamos según unas directrices sin salirnos de la norma. No arriesgamos la libertad con la que hemos sido creados. Y ademas criticamos al resto.
    b) Esta segunda interpretación es algo más profunda: El hijo menor podemos ser todas aquellas personas que hemos creído llevar una vida intachable, haciendo el bien, aunque desde obrando desde nuestras propias fuerzas, desde un ideal que nos hemos creado de nosotros mismos, un personaje ficticio, Lo que nos ha movido es la necesidad del reconocimiento o el poder. Pero desconociendo quienes somos realmente, quien es la persona creada por Dios. Y hemos vivido, hemos gastado los recursos que nos han dado: la fuerza de voluntad, la ambición, el tesón, la capacidad de trabajo… pero llegó un hambre terrible (cada uno puede poner nombre a ese hambre) y no queda nada de lo recibido, nos quedamos secos. Y hemos vuelto la mirada al Padre, tras atravesar esa situación, sin máscaras, sin corazas, asumiendo nuestra vulnerabilidad y nuestras sombras. Y así con nuestros harapos, nos hemos puesto en camino y el Padre nos recibe alegre de volvernos a encontrar. El hijo menor ha hecho un viaje hacia el interior de si mismo y ha podido sentir la alegría de ser acogido, en la pequeñez de lo somos.

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