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El evangelio de hoy nos desquicia, nos descoloca, nos deja sin anclaje, es provocativo e incluso ofensivo, de ningún modo es “políticamente correcto”… por eso es Evangelio, por eso es Buena Noticia y no más de lo mismo. Jesús exige cortar amarras, soltar, dejar casa, padre y obligaciones consiguientes: despedirse, enterrar… En un primer momento lo “normal y natural” es percibir esta exigencia al seguimiento como inhumana. Provoca vértigo o a lo más la percepción de que el evangelio es para superhombres y supermujeres, para una elite y en un segundo momento la conclusión es clara: el evangelio es imposible vivirlo sino es con la ayuda de una “supergracia extraordinaria” o no sé qué cosas… Si el evangelio no se puede vivir con alegría dejamos por mentiroso al Santo Espíritu.

Por otra parte cuando oímos a Pablo en su carta a los Gálatas (segunda lectura) decir “para la libertad nos ha liberado Cristo”… “no os dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud”… “habéis sido llamados a la libertad”… parece que el corazón se ensancha y sentimos que ese es el camino del seguidor y seguidora de Jesús: el camino de la libertad. Lo que pasa es que una libertad sin profundos riesgos y costos para transitar por ese camino no existe, no es libertad, es puro “aparato ideológico”. Para entrar en el camino de la libertad hay que pagar un peaje: el desvivirse

A poco que seamos honestos con nosotros mismos, percibimos que la libertad aterra, da miedo. Si tomamos las aguas desde arriba nos encontramos que Dios nos quiere libres, saca a su pueblo de la tierra de esclavitud. Pero caminar por el desierto, sin agarraderas, sin seguridades es aterrador, tanto lo es que Israel añora los ajos y cebollas de Egipto: allí éramos esclavos pero estábamos “seguros”. Libertad y riesgo, libertad e inseguridad, libertad y despojo, libertad y peregrinaje, libertad y búsqueda, libertad y posible fracaso, libertad y… parece ser que no se llevan bien, por eso tenemos que volver a Jesús y que él nos oriente en este camino de la vida de seguimiento tan aparentemente enrevesado y complicado, pero camino ni más ni menos complicado y enrevesado como la vida misma.

La llamada al seguimiento es radical. Radicalidad no es hacer estrambotes sino ir a la raíz de nuestro ser criaturas, es para entrar en el ámbito del Reino de Dios, para arraigarnos, cimentar la casa dirá Jesús, en el Compasivo, en esa experiencia de filiación que nos lleva a descentrarnos, a poner nuestra vida al servicio del “alivio de todo achaque y enfermedad del Pueblo” (Mt 4,23: Reino de Dios y alivio de sufrimiento van juntos)

Jesús reubica desenmascarando “sutilezas, falacias y falsas razones” (Ignacio de Loyola) que nos damos para mantenernos en la seguridad… es que “la familia” es lo más importante, puede ser que si o puede ser que no… “la familia” puede ser un ámbito de crecimiento, de ternura y de libertad o puede ser un infierno; la fidelidad a los padres puede ser o un mandato bíblico ineludible de mantener un radical agradecimiento a los que nos han dado vida o puede ser no fidelidad sino sometimientos asfixiantes, no digamos en tiempos de Jesús… El evangelio nos desestabiliza. Menos mal ¡Gracias Jesús!

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  • Não há maior Amor do que dar a vida pelo que Se Ama.

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