Una decisión unilateral

El acompañamiento de personas separadas y divorciadas que venimos realizando en el Centro Arrupe nos está acercando a diversas situaciones en las que se da esta ruptura del matrimonio. Una de ellas es cuando la decisión se toma de forma unilateral. La escucha de sus historias nos descubre cómo la persona experimenta un fuerte sufrimiento al ver rotos los vínculos que tenía hasta ese momento con su pareja y al comprobar que no puede hacer nada porque la otra parte ha tomado la decisión de terminar con la relación.

La persona se encuentra viviendo un proceso de desapego impuesto que entra en conflicto con sus creencias: “yo me casé para toda la vida”. El sufrimiento que esto provoca se ve incrementado por los recuerdos que acompañan a la persona constantemente y que afloran al encontrarse, por ejemplo, en lugares que habían sido frecuentados por el matrimonio.

Otro de los sentimientos que se vive es el de un profundo abatimiento. La persona se siente hundida al quedarse sin los que han sido uno de sus puntos de apoyo y siente que se ahoga hasta el punto de quererse morir: “al principio te sientes ahogado y crees que todo va a ser igual”, “sólo me quería morir”.

La pena y la tristeza son otros de los sentimientos que aparecen. Quienes viven estas emociones reconocen que son más intensas dependiendo de las expectativas que se tenían puestas en la relación y que, de pronto, se han visto rotas.

Se experimenta también enfado, agresividad, rabia porque no se le dan razones que expliquen esa decisión unilateral, porque no se le deja dialogar sobre esa decisión y ante la insistencia de querer hablar sobre ello, la persona se encuentra reiteradamente con la negativa de dicha posibilidad.

Tras esa insistencia está la creencia de la persona de que si se habla sobre lo que ha podido pasar habrá una solución. Se albergan, por tanto, esperanzas que se verán frustradas cuando se de cuenta que la decisión ya estaba tomada y que no hay voluntad de modificarla.

Al no haber posibilidad de diálogo, la persona se encuentra afrontando pensamientos que rumia sobre razones que expliquen lo sucedido y que le lleva a imaginar posibles respuestas a las que vuelve una y otra vez. De esta manera, ante la imposibilidad de resolver esta pregunta lo único que le quedan son las suposiciones que se hace.

Llega un momento en que a la persona no le queda otra alternativa que asumir una decisión que rechaza y en la que no ha tomado parte. Por eso, junto a las emociones señaladas, se vive desconcierto y confusión al no comprender la razón que se le da: “ya no te quiero”. Ante algo así, los que pasan por esta situación hacen referencia a reacciones de incredulidad –“no me puede estar pasando esto”– y dificultades para comprender –“¿por qué me está pasando esto?”-. Es una experiencia paralizante.

Quienes pasan por esta situación también comparten la experiencia de una soledad impuesta que se inicia tras la separación. La persona toma conciencia de ello especialmente cuando se encuentra viviendo sola en una nueva casa, sin su familia, sin las rutinas cotidianas a las que estaba acostumbrado. La situación ante la que se encuentra sin alternativas de solución hace que algunos empiecen a asumir estas circunstancias lo que conlleva pasar del “no tener ganas de vivir y seguir viviendo porque no tienes más remedio” al “no me gusta la situación en la que me encuentro pero estoy aprendiendo a valorarme más, a vivir sin culpabilizarme, a intentar mejorar y cambiar lo que pueda de mi forma de ser”.

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